15.4.14

Alce la mirada hacia él y pensé que no estaba bien besar a alguien en la casa de Ana Frank, pero luego pensé que, al fin y al cabo, Ana Frank besó a alguien en la casa de Ana Frank, y que seguramente nada le habría gustado más para su casa que verla convertida en un lugar en el que jóvenes irreparablemente destrozados se abandonan al amor.
Otto Frank decía en el vídeo, en su inglés con acento: "Debo decir que me sorprendió mucho que los pensamientos de Ana fueran tan profundos".
Nos besamos. Solté el carrito del oxígeno y le pasé la mano por la nuca, y él me alzó por la cintura hasta dejarme de puntillas. Cuando sus labios entreabiertos rozaron los míos, empecé a sentir que me faltaba la respiración, pero de una manera nueva y fascinante. El mundo que nos rodeaba se esfumó, y por un extraño momento, me gustó realmente mi cuerpo. De pronto, aquel cuerpo destrozado por el cáncer que llevaba años arrastrando parecía merecer la batalla, los tubos en el pecho, las cánulas y la incesante traición de los tumores.
"Era una Ana muy diferente de la que había conocido como mi hija. La verdad es que nunca mostraba ese tipo de sentimientos íntimos", continuó diciendo Otto Frank.
El beso se prolongó mientras Otto Frank seguía hablando detrás de mí.
"Y como yo mantenía una excelente relación con Ana, mi conclusión es que la mayoría de los padres no conocen realmente a sus hijos".
Me di cuenta que tenía los ojos cerrados y los abrí. Augustus estaba mirándome, sus ojos azules más cerca de mí que nunca, y detrás de él una multitud se había formado a nuestro alrededor una especie de grueso corro. Pensé que estarían enfadados. Horrorizados. Estos jovencitos y sus hormonas, pegándose el lote debajo de un vídeo que reproducía la voz quebrada de un padre que había perdido a sus hijas.
Me separé de Augustus, que me dio un beso en la frente mientras yo miraba fijamente mis Converse. Entonces empezaron a aplaudir. Toda aquella gente, aquellos adultos, empezó a aplaudir, y alguien gritó "¡Bravo!" con acento europeo. Augustus se inclinó hacia delante con una sonrisa. Yo, riéndome, hice una ligera reverencia justo cuando volvía a estallar un aplauso.
Nos dispusimos a bajar, pero primero dejamos que aquellos adultos pasaran por delante de nosotros. Justo antes de llegar a la cafetería (donde un bendito ascensor nos llevó a la planta baja y a la tienda del museo) vimos páginas del diario de Ana y también su libro de citas, que no se había publicado. Este libro estaba abierto en una página que contenía citas de Shakespeare. Ana había anotado: "¿Quién es tan firme que no se le pueda seducir?".

No hay comentarios:

Publicar un comentario